Ser poeta no debería ser una aspiración descabellada: mi madre ha escrito algunas de las canciones más bonitas de la música pop
española de los 90 y mi tío se defiende con cierta habilidad. En principio, está en mis genes, sólo habría que ponerse a buscar concienzudamente.
Ahora bien, hay un gran problema: no leo poesía. Pretender que uno puede escribir sin leer es pretender demasiado. Casi igual que pretender
que basta con leer mucho para escribir bien. No, al revés no funciona.
El caso es que llegó 2003 y la crisis de los 26 y María me regaló un libro de Ángel González y de repente todo lo que salía, salía en forma
de poema. Verso libre, por supuesto, esa licencia que se permiten los genios y los mediocres. No es falsa humildad asegurar que yo me incluyo en
este último grupo.
Aún así, me apetecía compartir esto con vosotros. Quizás a alguien le diga algo. Quizás, alguien, ahora, entienda algo.