
La idea original del proyecto
Todo surgió un 10 de marzo de 2004, el día antes de los atentados de Atocha, El Pozo y Santa Eugenia. Aquel día envié el primero de diez "artículos-relatos" sobre Madrid a mi buen amigo Pedro Martínez, de la revista Almiar. "Madrid y sus contrastes", se titulaba. Aquella serie se vio marcada inevitablemente por la masacre y en su interior había un punto de tristeza, de lágrimas, de sudor y de mucha sangre.
Esas diez historias pretendían describir más el escenario que los personajes. Creo que me puedo sentir orgulloso de aquello, aunque, lógicamente, ahora no lo escribiría igual. Nada más acabar esa serie de artículos -que no exactamente relatos, aunque a veces- me enfrasqué en el reto de los "Vampiros, ángeles, viajeros y suicidas" y, honestamente, el proyecto me dejó agotado.
Tenía miedo y quería volver. Volver a lo que sabía que hacía bien, a las pequeñas historias solventadas en un diálogo, en una frase... que pudieran leerse hasta en Internet: breves, precisas, llenas de sobreentendidos... donde lo único que importaran, de hecho, fueran los personajes. Una serie sobre Madrid, claro está, pero que pudiera ser trasladada a cualquier ciudad, que cualquiera pudiera sentirse identificado. Una serie fresca y joven y con la que sentirme muy guapo de nuevo.
Recurrí de nuevo a Pedro, no tengo palabras para agradecer su entusiasmo. Bajo el nombre ya de "Pequeños objetivos", los relatos fueron saliendo en la revista Almiar con una periodicidad semanal. En doce semanas nos ventilamos todo el año. Algunos de los relatos salieron también publicados en El Semanal Digital, y todo ello me animó a recopilarlos de nuevo, volver a empezar con el penoso proceso de relectura y corrección y convertirlos en historias de papel y no de pantalla.
Tuve que prescindir de algunos relatos -lo siento Paloma, lo siento Marta- e incluir otros. No reniego: algo me dice que volverán tarde o temprano.
Casi un año después de empezar a escribir, aún no lo tengo claro: no sé si el espacio propio de estas doce historias es la pantalla de un ordenador, la letra impresa de un libro de bolsillo o las hojas emborronadas de un guión. A veces, algo me dice que no he escrito doce relatos, que he escrito doce cortometrajes, pero estamos en lo mismo. Como lector, me gusta leerlos. Como espectador, pagaría la entrada.
Ahora mismo, no puedo afrontar esto de otra manera sin volverme loco.
El sentido de esta edición
Si tienes este libro en las manos, no has pagado nada por él. He pagado yo. Está bien, es un trato justo. Como diría Lichis: tú tienes tu canción, yo tengo mi psicoanálisis pagado. En otros tiempos se iba con manuscritos de un lado a otro, cuadernillos de Word que pasaban de mano en mano sin que nadie los leyera.
Ahora, la tecnología hace posible que uno pueda tener su propio libro a un precio modesto, y yo quiero tener mi propio libro.
No es una gran edición: unos 100 ejemplares. Puede que en el futuro se recuerde este primer intento de literatura y puede que no. No importa, el futuro queda muy lejos. Tengo algo que contar y quiero contároslo a vosotros. Sólo os pido que escuchéis.
Puede que un gran editor se enamore del libro, puede que llegue a manos de un director que quiera rodarlo, puede que un crítico encuentre diez frases geniales. Lo más probable es que eso no ocurra y no pasa nada. Aún así merece la pena. Hacer algo siempre merece la pena. Lo contrario es mediocridad y nadie quiere ser mediocre.
Ir poco a poco, cruzar pequeñas metas, buscar una voz propia, no pensar en donde nos llevará un viaje que no hemos empezado. Coger las maletas, ir a la estación y confiar en nuestro instinto.
No soñar, apuntar. Nada de grandes proyectos, pequeños objetivos.
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