No me importa hacerle publicidad al Viejo Café Colonial, también conocido como "La Ronería", sin más. Está en la calle Ruiz, esquina con Manuela Malasaña -en Madrid, como no podía ser de otra manera- y allí
he pasado algunas de las mejores noches de mi vida. Es, además, el mejor escenario para ambientar una historia, una novela, una serie de televisión.
Alguien lo definió como "Cheers pasado por Almodóvar", y parte de razón tenía.
En cualquier caso, fue en el Colonial donde conocí a Fd Simón y donde me enteré de que era fotógrafo. Al principio lo tomé como una afición más, un pasatiempo entre trabajo y trabajo. Pronto me di cuenta
de que su dedicación sobrepasaba la que uno puede esperar de una ocupación de tiempo libre y acepté su invitación a hacerme una sesión de fotos.
Los resultados fueron excelentes. Honestamente, no lo esperaba. Me pasó diez-quince fotos de mi careto en los que parecía hasta interesante. Después vi otros retratos, otras colecciones, otros trabajos aún sin publicar
y me di cuenta: si necesitaba una foto de portada, Fd era mi hombre... Y la necesitaría, estaba claro.
De una a tres, de tres a trece...
Esta es sólo la mitad de la historia. En el Viejo Café Colonial, también conocido como..., Fd Simón me conoció y se enteró de que era escritor, lo cual sin duda consideró una nueva excentricidad
como otra cualquiera y tomó con cierta prudencia. Cuando le comenté lo de la foto de portada, le pareció bien. Era un trabajo interesante, pensó, y me pidió ideas que nos pudieran servir.
Viendo que estaba de acuerdo en participar en el proyecto y que a él le venía bien prácticamente por las mismas razones por las que me venía bien a mí -promoción, promoción, promoción, amigos- hablamos
de poner tres o cuatro fotos interiores, que correrían de su mente y bolsillo. Como yo no tengo tiempo para nada y soy un chico estresado, que diría Chica Abril, pues le pasé directamente los relatos para
que los leyera y él mismo propusiera ideas.
La cara de Fd el día que me los devolvió es la que todo escritor sueña con ver en uno de sus lectores.
Muy serio, convencido, sin señales de una amabilidad forzada, Fd me dijo que le gustaban, y que estaba dispuesto a hacer
una foto de cada uno, aparte de la portada, por supuesto. Me quedé encantado, por supuesto.
Una espera que merecía mucho la pena
Por aquel entonces, yo ya tenía el libro cerrado y enviado a Enrique Redel, el responsable de Kokoro Libros. Aún así, no teníamos
prisa, así que empezaron las tardes y noches más divertidas en mucho tiempo: primero, buscar imágenes para cada mes entre JB y JB, luego,
buscar modelos y localizaciones. Finalmente, recorrer Madrid durante casi un mes y medio en busca de la foto precisa, en los escasísimos
huecos que nuestras agendas laborales nos dejaban.
Me cuesta analizar el trabajo hecho. Yo creo que es sensacional, pero también es cierto que mi cariño personal y mi admiración
profesional por Fd Simón me hacen un juez poco imparcial. En cualquier caso, ha sido una de esas cosas que merece la pena vivir.
No sólo por mí, sino por todos los amigos que decidieron perder su tiempo y ceder su imagen para un libro en el que sólo aparecería
un nombre: el mío.
Más agradecimientos...
Desde aquí, gracias a Silvia, a Juan, a Dani, a Bea, a Carmen, a Ernesto, a Anita, a Álida...
Y, por supuesto, a Rafa y Álex, por haber abierto ese bar y dejarnos su barra para terminar de pulir los detalles de cada sesión.