Septiembre
Antes: Natalia llora. Sigo con la mirada a la camarera que llega hasta la puerta y se queda allí con los brazos cruzados delante de la lluvia que empapa la calle Cádiz.
La música no consigue tapar el ruido de la gente corriendo por la acera.

Su plato está casi sin tocar, un par de bocados al pan. Natalia llora. Me pregunta si alguna vez la he querido e intento ponerme muy serio y decirle que esa pregunta es una tontería, que es evidente que sí y que eso no debería dudarlo, pero sólo consigo que llore más desconsoladamente. Al final me acerco al sofá donde ella está sentada y la abrazo, besándola suavemente en la cara.

La gente de alrededor la mira, nos mira, pero no me importa demasiado, es algo que sabía que podía pasar. Natalia parece que se tranquiliza un poco y llega a sonreír cuando le comento que es mejor que nos vayamos y que da igual la comida, que al fin y al cabo ha sido todo culpa mía y que nos vamos. Cogemos las chaquetas, pago la cuenta mientras imagino lo que debe estar pensando de mí la camarera, todo el bar, Natalia, y nos ponemos a correr bajo los toldos de los bares camino de la puerta del Sol sin paraguas ni nada parecido.

Subimos al autobús sin hablarnos.

Intento enseñarle algunos de los libros que he comprado esta mañana en los puestos de la cuesta de Moyano, pero ni siquiera vuelve la cara de la ventana. Cuando pasamos por la fuente de la Cibeles, los edificios del siglo XIX parecen recortados sobre el cielo gris de una ciudad que llora.

Cerca de casa busco su mano, la encuentro, y la aprieto fuertemente, pero ella, aunque se deja, dice "eso no vale" en un tono muy triste, tanto que hace que tenga que soltarla y seguir caminando a su lado mirando al suelo. Natalia ya no llora. Es de noche. Al despedirnos en su portal la beso brevemente en la boca y me mira con los ojos secos mientras me dice adiós y se vuelve hacia las escaleras.

Me gustaría pensar que soy libre, pero algo me dice -el dolor provocado, la torpeza, la soledad que empieza ya, a los cinco minutos de que la luz del portal se apague- que es tiempo de empezar a cumplir condena.

Otra vez, un poco antes

No dice nada. Se queda callado mientras sigue comiendo el pollo que le ha servido la camarera, a la que no ha dejado de mirar desde que entramos. Desde un principio me lo esperaba. Soy así de pesimista. Aunque él fue el que me dijo: "no te preocupes por nada, tenemos que hablar, pero no es nada grave"... yo ya me lo olía porque no soy tonta.

No dice nada y yo lloro, lloro, lloro como una idiota en este bar hostil en el que noto que la gente hace como que no me mira pero me mira. Me doy cuenta de que no me ha querido nunca, ni cuando lo decía tan convencido. Me siento engañada, o más bien, expulsada de un mundo que duró hasta hace cinco minutos y ha explotado sin contar con sus habitantes.

Es para verlo: Le da igual todo. Está sentado ahí, comiendo tan tranquilo, mientras la vida se hace añicos, se desintoniza. Si le importara algo- no digo mucho, algo- me abrazaría, me besaría, lloraría conmigo. De entrada, no estaríamos aquí.

En cambio, muy sereno, intenta explicarme las cosas, racionalizarlas, digerirlas por mí, pero yo no necesito eso. No lo necesito. Ni siquiera necesito que me quiera sino que parezca que me quiere, que parezca que le importa. Que siente, como yo, que este es el final, pero no un final de película cualquiera. El final.

Más luto y menos pollo, esa será mi frase del día.

Menos pollo y menos mirar a la camarera moverse, insinuarse, coquetear con la mesa de delante y la de detrás. De vez en cuando, levanta la vista de su comida y se dirige a mí para preguntarme cosas como: "¿estás bien?" y a cada frase de ese estilo yo sólo puedo responder con más y más lágrimas mientras deseo vomitar el pincho de tortilla que estaba comiendo cuando él empezó con su discursito falso, falso, falso...

Al cabo de un rato decide que nos vayamos y por una vez admito que es una decisión acertada.

Afuera llueve.

No me había dado cuenta hasta ahora pero llueve a cántaros y, para arreglarlo, yo ni siquiera he traído paraguas así que tenemos que ir corriendo de toldo en toldo, de fachada en fachada intentando evitar lo que no evitamos: calarnos por completo. No quiero hablar con él. No quiero llorar más. Como se siente culpable intenta iniciar conversaciones absurdas que no continúo.

Por momentos le odio como nunca había odiado a nadie, así que el viaje transcurre en un absoluto silencio hasta que llegamos a la parada de mi casa, nos bajamos y mientras esperamos a que el semáforo se ponga en verde, Guille me mira con sus ojos azules, que parecen grises por la falta de luz, me sonríe como hacía antes, me besa en la mejilla y me coge de la mano.

No puedo evitar sonreír yo también, sentirme moderadamente feliz por este respiro aunque le digo medio llorando: " eso no vale, Guille, eso no vale", así que suelta mi mano y los dos cogemos la calle Clara del Rey justo hasta mi casa, donde me vuelve a abrazar, me besa en los labios, y se va. Sin que yo quiera hacer nada por evitarlo.

Mucho tiempo después (para ella)... un poco antes aún

Estoy harta de que llueva todas las tardes. Estoy harta de este final gris del verano y de los turistas ya medio borrachos que se meten en el bar y no dejan de molestar. Harta de los clientes, en general. De ir de aquí para allá llevando cervezas, coca-colas, croquetas, lo que haya. Cuando vi por primera vez el bar me pareció un sitio interesante: no es muy grande y está decorado como una cueva con paredes de arcilla cubiertas por algún que otro poster de los 60 o 70. Pero ha llegado a cansarme.

Como casi todo.

En una mesa hay un grupo de cinco o seis chicos celebrando un cumpleaños. Uno de ellos me mira todo el rato como intentando que me dé cuenta de lo guapo que es. Lo peor es que es guapo de verdad y me descubro a mí misma siguiendo el coqueteo cada vez que me acerco para cambiar sus jarras vacías por otras llenas. Supongo que será el aburrimiento. No hay demasiada animación, al fin y al cabo ya es septiembre y llueve. La mayoría de la gente viene con sus historias de la playa, de la sierra y yo me muero de asco.

En la mesa que queda a la entrada hay una chica que llora, junto a un chico al que creo conocer. Me suena mucho su cara, supongo que vendrá mucho. La chica llora mientras él intenta consolarla y se ponen a hablar y a acariciarse y al rato se quedan los dos callados casi sin mirarse.

Cuando entraron ella parecía feliz, bromeando, partiéndose de risa. Me pidieron algo de comer y de repente ella se puso a llorar.

Imagino lo qué pasó en medio.

Sigue llorando. No muy aparatosamente pero con los ojos llenos de lágrimas. Él se muere de vergüenza, mira a todos lados, come deprisa para irse lo antes posible pero ella no es capaz ni de tocar el plato. "No hay nada de lo que avergonzarse, es lo que pasa", pienso. Lo que pasa todo el rato. Todos hemos estado enamorados y todos hemos dejado de estarlo. Nada que no se haya visto antes: dos chicos que no se quieren más.

Lo raro es quererse, pienso, sobre todo a determinada edad. 26 años hoy. Cumpleaños de mierda mientras me acerco a la puerta, compruebo que sigue lloviendo, me acuerdo de Pablo por primera vez en mucho, mucho tiempo, y me doy cuenta de que siempre habrá cosas que no pueda evitar que entren en mi mente a cada rato, como en una casa sin puerta, pero al menos he aprendido a echarlas a patadas cada vez que las encuentro por ahí y ese es mi consuelo.

Cruzo los brazos al sentir el escalofrío que recorre mi cuerpo, vuelvo a mirar a la chica que llora y espero tranquilamente a que el sol vuelva a salir.

Mañana, he oído en la tele.


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