
Me recuerda mucho a Agosto: los dos son relatos fallidos. La historia daba para mucho más, cuando lo estaba escribiendo, pretendía mucho más.
Tiene un buen principio y unos buenos diálogos, pero no sé si transmite del todo bien la angustia del protagonista ni la apatía del grupo que sale a pegar
por pegar, sin motivo alguno, y el final me deja muchas dudas. Quizás, también, es que esperaba demasiado del cuento y eso es como con las películas, si entras con muchas
ganas, sueles salir decepcionado.
Me gusta, sin embargo, el concepto mismo del relato: que la trama salga de Madrid y se lleve a un pueblo de la Sierra, que no haya historia de amor de por medio, que
tenga el punto decadente y otoñal de octubre, con una fiesta pasada de fecha -en la Sierra, prácticamente todas las fiestas municipales son en septiembre, no es descabellado
pensar que en algún pueblo hayan tenido que atrasar la suya hasta octubre-.
Como anécdota: está basado en un hecho real y hubiera dado para una buena película de las que echaba Antena 3 después de comer antes de inflarnos a Gavilanes. El pueblo era
Becerril de la Sierra, el grupo de matones existía como tal, las chicas iban pasadas de coca... los dueños de los bares pasaban de todo -lo habrían visto demasiadas veces-,
la gente o se apartaba o colaboraba con alguna patadita ocasional...
Afortunadamente, no pasó nada porque salimos corriendo, pero lo mejor sin duda fue la reacción de la Guardia Civil: amenazaron con detenernos a nosotros por molestar al vecindario.
Curioso.
A Fd le fascinaba la idea de un callejón oscuro. Quería su callejón oscuro, con sólo una luz que distrajera la atención pero tampoco
iluminara demasiado la escena. ¿Los hay en Madrid? A patadas. ¿Teníamos tiempo para encontrarlo? Decididamente, no.
Probamos otras soluciones: entradas a garajes, rincones con contenedores de basura, incluso le tiramos una foto al VIPS de Velázquez con López
de Hoyos por si la cosa resultaba. No hubo manera.
Otra posibilidad, dije yo, era poner una foto de unos fuegos artificiales, lo que, además, confundiría al lector a la hora de aproximarse al relato.
Tampoco era fácil. En febrero hay pocas excusas para ponerse a lanzar fuegos artificiales.
Lo solventamos con una foto de archivo de una calle a oscuras. No es exactamente un callejón, si uno se fija, pero sí está la oscuridad y la soledad que
aportan suspense a la historia.
Además, no hay que pretender hacerlo todo perfecto. Es de horteras.
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