Noviembre
Noviembre es un mes en el que cualquier cosa es posible, y David y yo nos paramos delante de la estatua ecuestre de la Plaza Mayor para observar mejor cómo ha quedado todo después de las últimas obras.

En los soportales, un grupo de chicos toca la guitarra y destroza una canción pasada de moda.

Se me ocurre contarle a David algo divertido: mi familia es dueña de una de las casas que rodean la plaza. No de toda la casa, pero sí de una parte. Haciendo los cálculos de herencias resulta que a mí me tocaría aproximadamente 1/8 de esa casa, cuando murieran mis abuelos, mi padre, quizás algún tío que otro. No es mucho, pero de alguna manera me hace sentir importante.

Se lo digo a David muy ilusionado, y en seguida me doy cuenta de que no le interesa en absoluto, aunque sonríe, me felicita y bromea: "... Un octavo... y además, tal y como lo pones... para entonces, sólo tendrás unos 60 años... ¡qué suerte, tío!". Sigue riendo, con cariño, mientras me agarra momentáneamente del hombro. Al rato me suelta y pasamos juntos bajo un arco de donde sale una calle empedrada que va a dar a Toledo.

En la esquina con la Cava Baja hay un bar -grasiento, castizo, nada moderno- al que íbamos en verano a sentarnos en la terraza. Si Patricia salía de trabajar pronto, nos recogía en casa de David y nos pasábamos por ahí a tomar unas racioncillas y unas cervezas para cenar.

Patricia es mi novia.

La mayoría de las veces acabábamos los tres en el jardín de enfrente del Palacio Real, tumbados, tomándonos un helado, riéndonos de los turistas que todavía paseaban para hacer fotos de noche y contando historias de cuando íbamos al Instituto: el Pocas Prisas, el Cabra, el Tochas.... cuando David casi entra en coma en una playa de Cascáis por mezclar vodka y whisky a lo bestia y yo le tuve que llevar con la ayuda de unos señores al hospital.

David me está contando algo de Nerea, su novia: dice que le agobia un poco, que cree que ya no está enamorado de ella y que tarde o temprano se lo tendrá que decir. No siento ninguna simpatía hacia Nerea, así que le contesto: "¿y por qué no se lo dices ya?" y David me mira, con cara de estar pensando en algo importante y añade: "Porque no es fácil, Alberto. Porque sé que es lo que hay que hacer pero no es tan fácil. Imagínate que a ti te pasara con Patricia, ¿te resultaría fácil contarle algo así?".

Patricia es un encanto y yo no voy a dejar de quererla nunca, pase lo que pase. Aún así, digo: "Fácil no. Pero se lo diría. No queda más alternativa. Se dice y punto, aunque duela, y estoy seguro de que ella también me lo diría a mí". Esto último es mentira pero lo digo de forma tan convincente que David tuerce el gesto, se mete las manos en la cazadora y sigue hablando de Nerea.

Son las seis de la tarde pero ya es de noche. La calle se empina hacia la plaza del Humilladero. Pasamos por delante del bar adónde van las actrices de una serie juvenil de mucho éxito. David lleva una cazadora de ante algo gastada y cerrada hasta arriba. Aunque no lo veo bien, creo que también lleva una camisa de pana o algo parecido, vaqueros, y el pelo algo más largo cayéndole ligeramente sobre la frente. David es tan alto que parece una estrella de cine. David es mi mejor amigo desde los catorce años, cuando nos escapamos juntos de un campamento de verano que organizaba la parroquia. David se está acostando con Patricia desde hace más de un mes pero él no sabe que yo lo sé.

Tampoco sabe que esta mañana, como Patricia no trabajaba, me he despertado por una vez antes que ella. Normalmente, se pone la alarma una hora antes de que tenga que despertarse y va dejando que suene. Primero cada cinco minutos y durante unos treinta segundos, luego cada diez hasta que deja de sonar y entonces se levanta. Eso a mí me desespera y a menudo acabo yéndome a la cama de su hermano, si no está, o al sofá del salón.

Sin embargo, hoy me he quedado con ella; despierto pero quieto, a su lado, mirando atentamente cómo movía la cabeza en sueños, sintiendo su respiración, pasando mi mano por su cuerpo dormido. De vez en cuando se despertaba, abría los ojos y me sonreía. La última vez me dijo: "¿No duermes?" y yo negué con la cabeza mientras le acariciaba el pelo.

Al rato me levanté, hice algo de café para mí y para ella, me di una ducha rápida, me vestí y le escribí una nota explicándole algunas cosas, no todas, confiando en que no le dijera nada a David antes que yo. En la calle hacía frío aunque no era muy temprano. Sentado en un banco me dediqué a observar las distintas cosas que les podían pasar a los demás ( señoras con una dominicana del brazo, niños llorando de la mano de sus padres, una chica con una gorra roja y un abrigo negro repartiendo propaganda en la esquina con cara de aburrimiento...)

Lo que me pasa a mí es que estoy solo y tengo miedo de perderles a los dos. Creo que ya he salido de demasiados sitios a los que sabía que no iba a volver.

Llegamos a la plaza, saludamos a unos amigos que están en el Bonano y subimos el tramo de escaleras que lleva hasta su casa. Una vez dentro, David abre la ventana momentáneamente y sale a un pequeño balcón desde el que puede ver la confluencia de la Plaza de la Cebada, la Plaza del Humilladero y la Plaza de Puerta de Moros. Yo le miro desde el sofá mientras oigo el murmullo incesante que proviene de la calle y llena el salón. Vamos a ver el DVD de una película sobre vivos que en realidad están muertos y muertos que en realidad están vivos.

David vuelve al sofá, se sienta, coge el mando y vemos la película durante unas dos horas, luego me enseña el ordenador nuevo que se ha comprado y me pregunta qué quiero por mi cumpleaños con una gran sonrisa. Lo pienso durante un rato y digo: "No sé. Nada especial, creo. Que todo siga como siempre". Veo que él lo comprende, así que le sonrío también y nos vamos juntos a cocinar algo para la cena.

Mientras pelo cebollas para la tortilla, no puedo evitar recordar otros noviembres en el barrio de La Latina: hace cuatro años, cuando Patricia y yo decidimos empezar a salir juntos, después de muchos problemas y muchos malentendidos, con Ana corriendo de un lado para otro intentando mediar entre nosotros, convencernos de que lo arregláramos. Los meses sin hablarnos para acabar contándonoslo todo a las cuatro de la mañana en el parque de la Plaza de España, con Don Quijote y Sancho de testigos. Me dijo que me quería, que no sabía por qué pero que me quería y yo la abracé durante horas hasta que amaneció...

...O hace dos años, cuando murió el padre de David y yo estaba fuera, en la casa de unos amigos y bajé a una cabina a llamarle y él lloraba y lloraba y yo no podía entender nada, hasta que me lo dijo. Y desde entonces ya todo fue distinto y nos empezamos a alejar un poco más. Aún cuando me fui a vivir a su casa un tiempo las cosas no eran las mismas, y de vez en cuando se derrumbaba y yo no sabía qué hacer . Él me lo decía: "parece que no sepas qué hacer. Parece que el que estuviera pasando el mal rato fueras tú", y tenía razón.

Del mismo modo no puedo evitar pensar en los noviembres que vienen. Noviembres en los que Patricia y David se querrán y se pelearán y se reirán, en los que pasearán por los mismos parques por los que paseaban conmigo. Noviembres en los que se acordarán de mí y me echarán de menos y me llamarán para ver qué tal estoy y yo les diré que bien y que a ver si nos vemos, pero no nos veremos más, porque yo ya he elegido, o más bien porque no puedo elegir, porque no podría soportar verlos a los dos juntos ni puedo soportar esta situación en la que no tengo a ninguno.

Al cabo de un rato, David se da cuenta de que estoy llorando a lágrima viva y me coge por los hombros y me pregunta: "¿Qué te pasa, Alberto, estás bien?" y yo le digo: "Sí, tranquilo. Ya sabes, la cebolla". Y aunque intento sonreír los dos sabemos que estoy mintiendo.


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