Mayo
Al pasar la curva resulta que la carretera empieza a empinarse un poco. Subo un par de piñones para no agobiarme demasiado, y sigo mirando la línea continua del arcén que me sirve de referencia. Es mayo y venimos de hacer una serie de excursiones por la Sierra de Guadarrama, entrando y saliendo de Segovia, bajando a La Pedriza, rodeando Ávila, para hacer noche en El Tiemblo y bajar otra vez hacia el Pantano de San Juan.

Aunque el puente de San Isidro aún no ha terminado -lo hará mañana, domingo 18- hemos decidido volver ya para evitar el tráfico. Tenemos el sol encima, hace mucho calor, y el viaje de vuelta se está haciendo exageradamente largo. Salimos de Madrid el miércoles por la mañana, para aprovechar, y los cuerpos no son los mismos después de cuatro días.

En lo que llevamos de camino hoy -unos 40 kilómetros, no más- hemos parado ya tres veces. La primera fue para esperar a Isabel, que tenía la rodilla magullada y se quedaba cada vez más lejos. Al rato fue Alberto el que levantó la mano cuando pasamos por un merendero y estuvimos bebiendo un poco de agua y tomando algo de comer.

Serían como las 12,30 cuando paramos por tercera vez.

Fue por Inés: se mareó y, al instante, Iván decidió que nos apartáramos un poco hacia la cuneta, cerca de un pequeño prado en el que Inés se tumbó mientras Isabel le cogía las piernas y se las mantenía en alto. Desde la sombra, Iván la miraba como yo la hubiera mirado hace tres meses. Como la hubiera mirado siempre si las cosas no se hubieran torcido tanto.

Alberto comentó algo sobre el agua demasiado fría y el sol demasiado fuerte y le dejó una gorra para taparle la cabeza. Inés decidió continuar "por lo menos un ratillo, hasta que lleguemos al siguiente pueblo". Al subir a la bici, cruzamos un momento la mirada y ella se quedó atrás para que nosotros marcáramos el ritmo.

De eso hará un cuarto de hora, pero aún no hay rastro de pueblo alguno y la carretera se empina un poco más, así que bajo directamente al plato pequeño e intento ajustar la respiración al esfuerzo, aunque no lo consigo. No porque esté cansado, sino porque estoy muy nervioso y este calor no me deja pensar o, más bien, no me deja dejar de pensar.

Procuro fijarme en la rueda de Isabel para relajarme, pero a los cien metros de cuesta se deja caer un poco hacia atrás del grupo y yo ocupo su lugar, unos cinco metros detrás de Iván, que mantiene su ritmo fijo, sentado, como si nada, demostrándonos a todos lo hombretón que es, sí señor.

Gran tipo este Iván.

Llega otra curva pero la cuesta no acaba, al contrario, se endurece. El calor pega las ruedas al suelo. El sol me llena de sudor la cara y poco a poco el resto del cuerpo. Me da la sensación de que no puedo seguir su ritmo, que empieza a ser absurdamente acelerado, pero me pongo de pie en la bici y me acerco algo a él, separándome demasiado de Isabel, Inés y Alberto. Después de todo lo que hemos pasado, aún me asombro de que esta subida parezca no tener final y las piernas arden, duelen, se tensan como dos vigas de hierro...

Cojo el bidón y echo un trago, pero escupo el agua enseguida porque está recalentada ya de tantas horas de marcha. Iván mira hacia atrás, parece orgulloso el muy cabrón. Sigue apretando, pero bueno... no nos pongamos nerviosos, al fin y al cabo todo lo que sube, baja, y ya recuperaré más tarde.

No le dejes escapar, Miguel, no le dejes escapar.

Me siento otra vez, tirando de riñones, subiendo otro piñón y acercándome poco a poco a él, mirando fijamente su rueda como hago siempre, sin que exista nada más.

En la siguiente curva parece que se acaba la cuesta, pero no. Iván coge el lado más cerrado de la carretera y me obliga a mí a abrirme y seguir de pie aunque las rodillas empiecen a no responderme. Unos metros más adelante, hay un falso llano, en el que nos ponemos bici con bici, nos miramos un par de segundos y al volver la cabeza avistamos al resto, Inés detrás de Alberto, con la mirada perdida, acercándose poco a poco.

La carretera vuelve a retorcerse y tengo que volver a bajar plato y subir piñones e Iván vuelve a ponerse delante y los de atrás vuelven a quedarse más atrás y los ojos se empiezan a secar con el viento y se enrojecen y escuecen aún más cuando el sudor se acaba colando desde la frente. Así seguimos otro buen rato, unos quinientos metros, que hacemos en poco más de un minuto y medio, y entonces ya, por fin, se ve el final de la cuesta, y las curvas del descenso más allá de un pequeño bar situado en lo alto.

Sólo quedan unos doscientos metros e Iván mira hacia atrás, no directamente a mi cara, sino para ver dónde estoy, y ajusta el cambio y sonríe y sube un poquito más el ritmo.

¡Aguanta Miguel, aguanta. Es el momento!

Cien metros, setenta y cinco, Iván se pone de pie, acelera. Desde lejos se oyen los gritos de Inés y Alberto,"parad tíos, ¿dónde vais?", pero no hay tiempo para pensar, hay que darlo todo.

Estoy esprintando para ponerme a la altura de Iván pero él tampoco cede. Un coche pasa a nuestro lado y nos pita porque casi invadimos su carril. Me da igual. Cojo la estela del coche y consigo adelantar a Iván. No queda nada, cincuenta metros y llega la bajada, veinticinco, diez, le voy a dar una lección...

Miro hacia atrás, exultante, intentando localizar a Iván en la distancia sólo que esa distancia no es tal, está justo a mi derecha, un poco adelante, incluso, desafiante, aunque agotado, al límite, y, mientras le sigo con la mirada, dispuesto a conceder la derrota, el agotamiento de su rostro se convierte en pánico y pega un grito que se oye venir también de lejos, y giro la vista hacia adelante pero no hay tiempo y el coche frena, y supero a los dos, satisfecho, volando por el aire antes de caer en la cuneta. Por delante de todos.

Esta noche, Inés sólo hablará de mí.


Enero     Febrero     Marzo     Abril     Mayo     Junio
Julio     Agosto     Septiembre     Octubre     Noviembre     Diciembre