- Si lo pensaras, te darías cuenta de que no es tan grave.
- No es tan grave porque no te ha pasado a ti.
- No. No es tan grave porque no lo es.
Dani apura el cigarrillo y lo apaga contra el césped antes de tumbarse con una mano haciendo de almohada y la otra de visera para protegerse del sol. El ruido va creciendo conforme llegan los primeros manifestantes y se colocan con sus pancartas.
- Voy a por una lata de algo, ¿quieres?
- No. Me quedo aquí. Pronto se llenará y tendremos que levantar el campamento. Además, las latas atraen a las avispas.
Un chico me enseña sus manos. No exactamente a mí sino a una chica que está justo a mi espalda. Poco a poco se van pasando la pintura de grupo en grupo mientras les voy esquivando para llegar a una especie de chiringuito que han colocado junto al antiguo teatrillo de Pirulo.
Antes de entrar, un chico que parece extranjero, con una bandera arcoiris, me para:
- Perdona, ¿sabes dónde queda el Estanque?
- Sí, sigue todo recto y tuerce a la izquierda, donde se ve a toda esa gente.
- No parecen muchos.
- Serán muchos, no te preocupes.
- Eso espero. Sería bonito.
Cuando vuelvo, bocadillo de jamón y lata de coca cola en mano, Dani ya no está solo sino con Laura.
- Me he enterado- dice Laura- lo siento, de verdad.
- No es tan grave- insiste Dani.
- Es verdad, no es tan grave, podría ser peor. Además va a venir hoy.
- ¿Aquí?- dice Laura.
- Sí, aquí, esta tarde.
- Qué curioso. No la he visto en estos dos años y la voy a ver por fin justo ahora. Después de todo lo que he oído es como si la conociera de toda la vida.
- Yo la conocía de toda la vida y mira.
Dani se incorpora levemente, con los codos apoyados en la hierba, me mira sin ninguna condescendencia y protesta:
- Ya está bien, ¿no?
Y Laura parece reñirle con la mirada y me pregunta afirmando:
- ¿Has quedado con ella?
- No. Simplemente me he enterado, pero casi es lo mejor, tampoco creo que sea el mejor momento de vernos, ahora.
- Entiendo- dice Laura, y se sienta junto a Dani.
Conforme va atardeciendo, el césped empieza a llenarse y los chicos de las distintas asociaciones preparan los primeros cánticos. Hasta las seis no está previsto que empiece nada porque estamos esperando a los políticos. Más o menos a esa hora vendrá Ana, supongo. Reconozco que estoy nervioso, pero no quiero hacer un drama de todo esto.
Falso.
Quiero hacer un drama de todo esto pero estoy seguro de que Dani no me dejaría.
Los echadores de cartas, los mimos, los guitarristas y cantantes ocasionales, incluso los tipos que tocan los tambores desde el palacete día tras día como marcando el ritmo a las parejas de las barcas, a los piragüistas, a los paseantes... van apareciendo por la zona, algunos para quedarse, otros para seguir rumbo a Alfonso XII y marcharse a casa.
La Policía empieza a merodear por entre los pinos, en bicicleta, andando, en coches patrulla.
- No sé si irme- dice Laura- Al fin y al cabo tampoco estoy muy convencida de esto.
- Entonces, ¿para qué viniste?- pregunto.
- No, no vine. Pasaba por aquí, pero no vine.
- Si no lo sabes, mejor quédate- dice Dani.
- Merecerá la pena- añado yo.
- No lo hago porque "merezca la pena" -salta Laura, incomprensiblemente molesta, como si se sintiera culpable- Podría participar, me parece un buen momento, pero por otro lado pienso que ya somos suficientes y que al fin y al cabo ni se nota si estoy yo o no, y que puede que al final las cosas se compliquen y aparezcan los de siempre a montarla y nos metan a todos en el mismo saco.
Los de siempre. Ana, por ejemplo, su vagón de metro abarrotado, aplastada casi contra una esquina, cubriendo su cuerpo con las manos para que nadie se acerque demasiado. Ópera, Sol, Sevilla, Banco de España...
En cuestión de minutos, nosotros también estamos rodeados y tenemos que ir poniendo las mochilas y las carpetas, antes esparcidas, en un montón que queda en medio de los tres, sentados como los indios y mirándonos sin decir nada, sólo escuchando la música a lo lejos y algún pájaro cantando.
- Va a llover- profetiza Dani, cuando las primeras gotas ya han caído.
- Eso lo deja todo claro: me voy- dice Laura, de pie ya y con la mochila en el hombro y la carpeta roja en la mano derecha. Paso de empaparme para nada.
- No es "para nada" -interrumpo- Es un gesto. Para que lo sepan.
- Lo saben -insiste Laura- pero no sirve de nada. Saber no sirve de nada, ni siquiera para sentirte mejor o peor con lo que haces.
- Puede que lo sepan, pero da igual. Hay que hacerlo. Las cosas se cuentan aunque ya se sepan. Es una especie de responsabilidad.
La frase ha sonado exagerada. Es exagerada, como todo lo que hago y digo ahora y también me siento culpable por ello, porque la exageración, que muchas veces es un medio para convencer, otras, se convierte en todo lo contrario y ,así, Laura, aunque apenas lleve una media hora con nosotros y aunque ahora necesite más que nunca que esté aquí a mi lado, concluye:
- Mira, no sé, lo pensaré... pero en casa.
Así que la beso en la mejilla mientras me pasa la mano por la espalda como diciendo otra vez "lo siento".
Y, sin duda, lo siente.
Y yo sé que lo siente, pero efectivamente eso no cambia nada.
Nos quedamos Dani y yo solos. Bueno, en medio de lo que ya es una gran manifestación con los caminos ocupados y los megáfonos repitiendo consignas.
- ¿Quieres que la busquemos?
- No, ¿para qué? Sería peor, ¿no crees?
- No sé, puede, pero también puede que te quedes más tranquilo.
- No la encontraríamos nunca.
- Eso es verdad.
Los colores se derriten con la lluvia, las gargantas se ahogan, la rabia se empapa. Puede que Dani tenga razón y después de todo no sea tan grave. Las desgracias propias siempre se magnifican. Por eso se les llama desgracias. Charcos, olor a hierba mojada y paraguas negros tapando las manos blancas. Horas de ira colectiva. Compañeros que se unen a nosotros y se van, el tedio de lo que ya no es una sorpresa. Y el recuerdo.
Se hace de noche y encienden los focos del escenario en la Puerta de Alcalá. Alguien me dijo una vez que las heridas es mejor curarlas y no quitar la tirita cada tres por cuatro para meter el dedo y ponerse a hurgar, pero ese es tan buen consejo que está destinado a que nadie le haga caso.
La gente empieza a irse en un incesante goteo hacia la parada del Metro, atravesando el césped ya lleno de barro, sorteando los charcos que se forman junto a los toboganes.
Cada vez queda menos gente. Quizás ahora... Miro a Dani para que lo entienda:
- ¿Nos movemos, por si acaso?