
"Febrero" no es un relato, es la unión de muchos. En rigor, el primer relato que escribí como tal, aunque era casi un trozo de diario, se llamaba "Historias de Cantoblanco" y estaba dirigido a mi amiga del Ramiro de Maeztu, Laura Gutiérrez de la Iglesia. A partir de ese
primer relato surgieron más historias sobre chicos y chicas en el Campus de la Universidad Autónoma de Madrid, donde, ni que decir tiene, pasé los cuatro años de mi licenciatura en filosofía e hice los cursos de doctorado.
Cantoblanco tiene un punto muy atractivo, como todo lo juvenil. Pero era su mezcla lo que me fascinaba: no sólo los jóvenes, también los ancianos del geriátrico, también el recuerdo del psiquiátrico que quedaba a menos de un kilómetro, el colegio que habían construido
casi metido en el propio campus... Toda esa mezcla llena de alteración y calma a la vez, con estudiantes y profesores aliados y enfadados por las causas endogámicas más absurdas.
A "Historias de Cantoblanco" como tal, se le unieron otros relatos cortos: "Peleas en Cantoblanco", "Desencuentros en Cantoblanco". Todos ellos han salido publicados de alguna manera o de otra. Por ejemplo, "Peleas..." fue seleccionado por la asociación sevillana Ygriega
y decidieron publicarlo en un libro precioso llamado "Los vicios solitarios" allá por 2003. Qué pudieron ver unos sevillanos en un relato tan madrileñamente universitario es de esas cosas que me fascinan y que deja claro que no somos tan especiales. Cualquiera puede sentirse
identificado con nuestra peculiaridad más concreta.
Pues bien, una mezcla de estos dos relatos, junto al reportaje que publiqué en la revista Almiar en 2004 dieron como resultado esta curiosa historia -en rigor, no es ni siquiera un relato- sobre ese paraíso perdido que es siempre un campus universitario, del que se nos arroja cruelmente
al mundo de los teleoperadores y los comerciales. Especialmente si eres filósofo.
La sesión de fotos
Me encanta volver. Así, en general. Soy un fanático de los regresos. Por eso, cualquier oportunidad para volver a la Universidad Autónoma es muy bien recibida. Desde luego,
uno nunca vuelve del todo, y tiene la sensación de ser un bicho raro, de que le están observando como un cuerpo extraño, de que todo lo que antes le pertenecía, ahora es algo ajeno
y prestado por unos minutos, unas horas, quizás...
En cualquier caso, ahí nos fuimos Fd Simón, en el entrañable Cercanías, teleobjetivo guardado bajo el abrigo, un frío importante a las 12 de la mañana y muy poca actividad universitaria, pese a
ser un viernes.
Claramente, teníamos un problema: el relato era en febrero, la foto se iba a tomar en febrero... pero en febrero había pocas imágenes que merecieran la pena.
Luego estaba el problema de los guardias de seguridad que dan vueltas regularmente al campus no vaya a ser que dos desaprensivos se pongan a hacer fotos a diestro y siniestro... Nos fuimos a la Facultad de Derecho a intentar sacar una pequeña terraza
al sol, pero casi no había gente sentada y quedaba sin sentido. Nos quedamos sentados en un banco frente a la Facultad de Filosofía y Letras buscando detalles: carpetas, sonrisas, pasos firmes, grupos sonrientes... Ángel Gabilondo pasó por ahí y me
saludó como buen ex-profesor mío que es. La situación era cómica: huíamos de los guardias de seguridad y nos encontrábamos con el Rector.
Brujuleamos entre las facultades, buscando cafeterías, pasillos con cristales, le tiramos fotos a todo lo que pudiera captar nuestra atención, pero fue una sesión algo decepcionante. Después de echarle un vistazo
a todo lo que habíamos sacado nos quedamos con algo simple; muy, muy simple: una chica tumbada entre árboles.
Probablemente, no hubiera hecho falta irse hasta Cantoblanco para sacar algo tan genérico. Cualquier parque hubiera valido. Pero es lo que decía antes: me encanta volver, he hecho de ello una forma de vida.
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