Por supuesto, Cantoblanco es un lugar de matices, un lugar en el que cada día se puede interpretar de diversas maneras, según tu edad, tu sexo, tu carrera, tu profesión... Pero Cantoblanco también es un lugar de extremos: un lugar en el que por las mañanas son los niños pequeños los que llenan los pasillos guiados por sus profesores de primaria, buscando salas de informática, perdiéndose por las aulas, sintiéndose mayores y riéndose de todo el mundo, mientras los ancianos ocupan los caminos y los bancos con sus bastones, con sus enfermeras cogiéndoles del brazo y, a su vez, los estudiantes imaginan los secretos de las enfermeras debajo de sus batas.
Un lugar combativo, post-adolescente, de luchas, peleas y revoluciones.
Las más interesantes son las que se libran en el "tablón anarquista", justo al lado del módulo de filosofía. Todo empezó cuando la asociación que controla dicho tablón puso un cartel advirtiendo de que se retiraría todo mensaje autoritario, lo cual, evidentemente, ha sido tomado como un gesto autoritario por parte de otros miembros de la propia asociación y ha recibido duras críticas.
En un cartel se pregunta: "¿Quién decide lo que es autoritario y lo que no lo es?" y en otro se contesta: "El anarquismo no se explica, se defiende, a ostias (sic) si es preciso". En medio de todos estos carteles y presidiendo el tablón aparece la figura de un Homer Simpson que afirma satisfecho: "La anarquía no es un caos. La anarquía no es una utopía".
Otro cartel bastante divertido es el que anuncia un cambio de fechas de los exámenes de los días 29 y 30 de enero al 29 y 30 de febrero. Patricia parecía muy preocupada mientras lo leía. Se imaginaba que tendría que alterar todos sus concienzudos planes de estudio y miraba el mensaje una y otra vez sin poder creérselo... Sólo que el 29 y el 30 de febrero no existen, le expliqué, al menos no este año, y no sé si se trata de la señal de algo oculto que actúa estos días sobre los papeles en Cantoblanco, o de un cambio del calendario ordenado por el jefe de este microcosmos que es nuestro Rector.
La facilidad que tiene Patricia para preocuparse últimamente me tiene algo desconcertado, como que se vaya con un tipo con barbas que no soy yo a sentarse en los bancos, a hablar de lo que hablaba conmigo, a contarle lo que me contaba a mí, a dejarse seducir como se dejaba seducir a mi lado. Qué palabra más horrible: seducir.
Un día le dije que no sabía qué ofrecerle y era verdad. Como a Natalia, le dije, y le expliqué quién era Natalia pero no pareció enterarse. Ella me explicó quién era David y yo no me enteré. Luego me leyó la mano y me dijo muchas cosas bonitas, como si quisiera que me las creyera o como si quisiera creerlas ella misma. Su historia es que morirá en un accidente, muy joven, y ella aparenta creérselo para hacerse la interesante, y lo consigue, y le cojo la mano dulcemente y le digo "pues yo no veo nada de eso" y los dos sonreímos sin soltarnos del todo.
Los chicos de clase están encantados con la orla y también ponen muchos carteles extraños pidiendo dinero y traje de etiqueta para la foto. Ayer, una chica nos pidió que nos metiéramos en el proyecto, pero Sergi y yo no estamos dispuestos a llevar corbata. Como desde el principio nos hemos mantenido un poco al margen de todo, ya a nadie le extraña y nos lo toleran, pero nos miran con una cara un poco rara, como cuando suena la campana y recojo mis cosas y salgo a toda velocidad para llegar a Patricia antes que el otro "barbas" y me acabo tropezando siempre con todo el mundo y con sus mesas y percibo cierta hostilidad en el ambiente.
Porque Cantoblanco, muchas veces, es un medio hostil y a uno no le queda más remedio que acostumbrarse a determinadas cosas: las broncas de las asociaciones de izquierdas y las de derechas, anarquistas y comunistas, profesores progresistas y postmodernos. Uno se acaba acostumbrando incluso al Sindicato de Estudiantes y su continua cizaña. Orteguianos y heideggerianos. El barbas y yo. Los de letras persiguiendo a los de ciencias y sus temibles calculadoras por las bibliotecas.

Demasiados veinteañeros en tan poco espacio.
Al acabar el día, como una chica menciona a Rawls, yo intento acordarme del otro liberalista que estudiamos el año pasado y no consigo que me venga a la cabeza nada que no tenga que ver con Natalia, y su viaje y los seis largos meses en los que me tendré que acostumbrar a sentirme un poco más triste. Sólo cuando empiezo a pensar en que pronto empezará a hacer calor y Cantoblanco se llenará de avispas que me harán levantarme y sentarme continuamente buscando un nuevo sitio, entonces me acuerdo de Dworkin, y es que, como dice Loriga, la memoria es el perro más tonto, le tiras un palo y te trae cualquier otra cosa.
Por el camino de vuelta, las facultades se abren y se separan y las cafeterías se ven llenas de chavales con botellas. El año que viene yo no estaré aquí pero en las tardes de invierno como ésta, cuando Cantoblanco se quede vacío, seguirá habiendo gente que se quede a disfrutar de sus rincones, a olvidar cosas, a recordarlas, a olvidarlas otra vez durante un rato, se volverán a organizar las fiestas más absurdas que llenarán los céspedes de plásticos y de preservativos, sacarán un porro enorme con un aro en la punta y lo llamarán San Canuto y, en verano, las parejas se volverán a mirar y a besarse o a pedirse perdón y prometerse fidelidad por unos meses.
Los niños seguirán gritando por los pasillos. Los ancianos seguirán paseándose y cruzándose por las aceras y preguntándose por el tiempo. Los árboles se llenarán de hojas, las perderán y las recogerán de nuevo. ¿ Qué me llevo yo de aquí? poca cosa, las tardes queriendo y odiando en secreto a Patricia, las luchas, las huelgas, las protestas más o menos salvajes, pocos amigos pero buenos, supongo. Entré con 18 y salgo con 22, con Natalia, y con un futuro por delante que solo sabe provocarme ansiedad.
Una universidad, un geriátrico, un psiquiátrico y un colegio de primaria en un kilómetro cuadrado. Bonito paisaje.
Cuando llego a la estación y pido un billete de diez viajes de zona B1 me estremezco ante la idea de que el trabajo que acabo de entregar sobre Simonne de Beauvoir y la filosofía de género realmente esté bien, que consiga por fin el último aprobado y que, inmediatamente, todo esto acabe y este billete se convierta también en el último, y ya no haya más avispas, ni carteles, ni peleas... Pero es sólo un momento, porque, si lo pienso, en el fondo, tiene sentido: empezar de nuevo y volver aquí sólo cuando esté lo suficientemente viejo o lo suficientemente loco.