Diciembre
Si Clara se queda en el probador más tiempo del que normalmente necesitaría es porque sabe que, cuando salga, Marcos va a seguir ahí, esperándola, dispuesto a hablar de todo lo que pasó en Barcelona. Y es por eso -para hacer tiempo- que se prueba una y otra vez los pantalones negros que ha escogido sin saber bien si quedarse con la talla 36 o la 38.

Incluso cuando la dependienta intenta ayudarla a elegir y le dice que la 36 le queda mucho mejor y que "aunque la 38 te la podrías poner, en realidad te queda un poco holgada", Clara le responde que no está muy segura, y que prefiere volver a probárselos, y se queda ahí metida mientras Marcos suspira, pensando que todavía le quedan los vaqueros y empieza a abrir y cerrar las manos para intentar tranquilizarse.

Se siente un poco responsable de la situación: al fin y al cabo es él el que se está enamorando de Clara... o al menos eso cree. Dejémoslo en que tiene la duda y que cada vez le está complicando más la vida, como toda duda que se precie. La incertidumbre, a veces, es una forma de esperanza, pero éste no es el caso.

Tiene que hablarlo con ella porque es evidente que, desde aquella noche en Barcelona, su trato no es el mismo: el teléfono suena sin que nadie lo coja, los e-mails que antes viajaban en una dirección y en otra, ahora se quedan congelados en la bandeja de "elementos enviados" y, si, por mediación de algún amigo común, coinciden en una fiesta, ella se muestra esquiva y, así, es imposible que el tema acabe de salir.

Todas estas imágenes se borran de su cabeza cuando Clara sale de los probadores, deja amontonada junto a la dependienta la ropa que no va a comprar y se dirige a la caja, feliz porque ya tendrá algo que ponerse en el trabajo. Marcos, que acostumbra reaccionar tarde, se queda algo tenso pero sonríe porque es lo que mejor hace y ella le dice: "hala, ya está", y él la sigue por el pasillo hasta llegar a la cola, donde se quedan parados y se miran.

- "Sé que debería haber esperado a las Rebajas", reconoce ella con un repentino gesto de culpabilidad, y él no dice nada, sino que asiente con un movimiento de la cabeza y pone la cara de interés que ponen los hombres en estas situaciones. Silenciosos y debidamente ordenados en la fila, los dos se quedan hombro con hombro mirando hacia la caja y los diez minutos de espera se le hacen eternos a Clara, que sigue escrutando los pantalones y contempla seriamente la posibilidad de volver a coger los de la talla 36, que, al fin y al cabo, son los que le había recomendado esa chica.

Cuando, finalmente, los dos salen del Zara después de consumir el tiempo que iban a haber dedicado -él se lo propuso y ella aceptó- a tomar un café, la calle Arenal les sorprende con un viento helado y algo que parece ser nieve pero moja como el agua.

- Tengo que ir al metro -dice ella-
- ¿Ya?
- Sí, si no, ya sabes...
- Es Nochebuena.
- Eso díselo a mi jefe, a él le da igual.
- Ya. Bueno. Pensé que...
- ¿Tú no habías quedado con Marta?

Marcos parece caer en la cuenta y se queda pensativo, angustiado, sabiendo que cada vez quedan menos salidas.

- Sí.... -dice como en un suspiro prolongado- pero dentro de un rato todavía... ¿te puedo acompañar, verdad?

Y Clara, que tampoco quiere ser cruel ni hacer un daño innecesario y cree tener la situación bajo control, le dice que sí, si no le importa el frío, y juntos suben hasta Callao, porque a Clara le viene mejor coger directamente la línea 5.

Así que se ponen a andar hacia Sol e intentan subir por Preciados, pero se quedan literalmente atascados porque todo el mundo quiere estar en ese sitio a esa hora. Para relajar la situación y relajarse él mismo, Marcos intenta hacerla reír simulando que es un carterista, imitando al hombre que hace la estatua con un paraguas roto en la mano derecha y un maletín en la mano izquierda como si se lo estuviera llevando el viento, recuerda historias de cuando trabajaban juntos y se pasaban las horas de comida metidos en cualquier bar del barrio de Tetuán.

Cuando todo era tan sorprendentemente fácil.

Pero están llegando al centro comercial y aunque avancen a una velocidad impropia, el espacio va marcando el tiempo que le queda para explicarle todo. A eso ha venido, ¿no? El problema es que no sabe con qué frase empezar, y considera que la frase con la que empiece la conversación va a ser clave en cómo vayan las cosas, por eso descarta una a una todas las frases dramáticas del tipo " tenemos que hablar" o "tengo que decirte algo", y sólo cuando ya están llegando al metro de Callao suelta:

- No me arrepiento de lo de Barcelona...- y como ella se le queda mirando, asustada una vez más, matiza- ...me refiero a que, si lo pienso aquí, en Madrid, me parece que todo fue un error...pero no estábamos en Madrid- y Clara se calla y mira hacia abajo un instante, como diciéndose a sí misma: "Te lo dije, ¿o no te lo dije?".
- Ya- responde ella, otra vez ganando tiempo, y como ve que Marcos se ha quedado bloqueado, y aunque se imagina todo lo que no le ha oído decir porque no es tonta, se agarra firmemente a lo que sí ha oído -me parece que todo fue un error-, y remata:
- Por mí no te preocupes, yo creo que está todo bastante claro- y lo dice muy convencida e incluso, cuando acaba de decirlo, eleva la cara para mirar a Marcos sonriente, como aliviada, y él, tan superado que da pena, también sonríe hasta que llegan finalmente al vestíbulo de la estación, donde Clara, que está cada vez más tensa y deseando que todo esto se acabe, le besa suavemente en un lugar indefinido entre la mejilla y los labios y se le queda mirando durante unos segundos hasta que Marcos dice:
- ¿Qué te va a traer Papá Noel?

Y ella lo piensa durante un par de segundos hasta que responde, no se sabe si seria:

- Carbón, seguro.

Y Marcos sonríe y se empieza a alejar mientras contesta "Papá Noel no trae carbón" y Clara murmura para sí "depende de cuánto te lo merezcas" y no le pregunta si va a dejar a Marta -aunque en el fondo espera que no, porque siente que eso sería como romper un dique que terminaría por inundar la ciudad y llenarla de fango- pero cuando entra en el andén con dirección a Canillejas para volver a casa, porque es Nochebuena y, efectivamente, su jefe le ha dado la tarde libre, con la bolsa de ropa en la mano, pensando, no puede evitar acordarse de ese bar de la calle Aribao, en Barcelona, donde la frente de Marcos se pegaba a su frente mientras bailaban una canción de los 80 y de repente, como si todos tuviéramos nuestros propios diques, irrumpen en su cabeza el barrio de Tetuán y su antiguo trabajo y lo mal que lo ha hecho todo de un tiempo a esta parte.

Por eso, una hora después, su novio no entiende por qué se ha encerrado en el cuarto, con una necesidad compulsiva de contestar emails, y Marta no entiende por qué Marcos no aparece a su cita en el intercambiador de Avenida de América cuando, tradicionalmente, es ella la que llega tarde, y se pone muy nerviosa porque tiene una conversación pendiente con él. Desde que conoció a ese chico el fin de semana que Marcos pasó en Barcelona.


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