Se acerca lentamente y empieza a dar vueltas por entre las piernas de Elena, olisqueando el bajo del pantalón, despistándose un momento para arrimarse a la pared y volver otra vez, jugando con los cordones de sus zapatillas mientras yo le hago cosquillas en la cabeza y acaba tumbado en el suelo con las patas hacia arriba, haciéndose el mimoso.
- ¿Ya no te dan miedo, verdad?- le pregunto a Elena, totalmente rígida, con los brazos abiertos hacia arriba y de puntillas, como si la fueran a registrar en un aeropuerto, y una expresión de disgusto en la cara cada vez que el perro salta para jugar con ella.
- No, ya no. O no tanto. Éste, por lo menos, no.
- Éste no te puede dar miedo. Fíjate, es blanco... ¡Ven aquí, Ramón!
Elena me mira confusa, luego enfadada y, por último, indiferente.
- No te va a hacer caso, no se llama Ramón.
Sí me hace caso y vuelve y se pone a brincar para intentar morderme la mano mientras ladra.
- Claro que sí. Todos los perros son ramones. De hecho, todos los animales son ramones excepto algunos.
- ¿Ah sí?... qué interesante... ¿por ejemplo?
- Cualquier animal más pequeño que Ramón y eso que Ramón es bastante pequeño. Bueno... no sé... un conejo es más pequeño que Ramón y en cierto modo un conejo también es un ramón. Digamos que cualquier animal que Ramón se comería en un momento dado...
Y al acabar de decir esto me siento ridículo.
- Ya…
Su dueño le llama con un silbido, se levanta de un salto y se marcha lentamente, como bailando, hasta que de repente parece que se da cuenta de algo, mira hacia atrás y se despide con un solo ladrido.

Sonrío e intento coger a Elena de la mano pero se suelta enseguida y seguimos un buen rato sin hablar. Entramos en la farmacia y, cuando salimos, ella sigue callada, con las gafas de sol puestas y pasándose la mano por la nariz de vez en cuando.
- ¿Qué te pasa?
- ¿Por qué siempre tienes que hablar de Blanca?
- Yo no he hablado de Blanca
- ¿Por qué tiene que estar siempre ahí? ¿por qué no la olvidas o vuelves con ella o le escribes un libro o yo qué sé?
- Nunca hablo de Blanca. Casi nunca.
- El perro ese.
- Sí, me gusta acordarme de Ramón, vale, pero eso no tiene importancia, porque Ramón estaba enfermo y algún día se morirá. O a lo mejor se ha muerto ya y todo. No sé.
- "Todo animal es un ramón, excepto aquellos animales que Ramón se comería en un momento dado", ¿te has escuchado tú también decir eso?
- Era un perro, Elena, es un perro, nada más.
Sigue sin mirarme, y por debajo de las gafas empiezan a caer algunas lágrimas. Pese a todo, mantiene una voz firme que no es del todo un grito:
- Vale, vale, mejor cállate, de verdad, cállate. Vamos a casa y acabemos con esto de una vez.
Tiene razón, lo mejor es que me calle. Es lo que les gusta: discutir todo el rato y por tonterías, como si bastara con no hacer ni caso y no contestar o estar callado y misterioso para conseguir algo con ellas. Cuanto peor, mejor. Cuanta más distancia, más se acercan.
Lo mejor es que me calle y que llueva de una vez y que el dichoso polen deje de intentar colarse por todos lados y pueda pensar mejor lo que digo y no meta más la pata.
Sí, lo mejor es que me calle.
Lo mejor.
- ¿Y si...?
- Da igual, prefiero no pensarlo. No ahora, desde luego. Prefiero no pensarlo
- Habrá que pensarlo, Elena
- ¿Qué más da? Lo tendré que pensar yo, al fin y al cabo. ¿Qué más te da a ti?
Podría no responder, pero ha dolido.
- Eso no era necesario...- murmullo para mí, pero seguro de que ella pueda oírlo.
Elena se para en medio de la calle, gira su cuerpo, me mira, y parece que va a explotar, pero simplemente mueve la cabeza en señal de negación y ahoga la frase que tenía en la boca para acabar murmurando:
- En serio, mejor cállate, por favor -y vuelve a mirar hacia adelante, apretando con todas sus fuerzas la bolsa de la farmacia que lleva en la mano para que nadie vea lo que hay dentro, y acelerando el paso hasta el punto que me resulta difícil seguirla.
- "Por favor" está bien -pienso en voz alta.
Son tiempos difíciles, como un presagio de lo que queda por venir: El viento levanta la arena y la porquería de la calle y me obliga a andar con los ojos cerrados. Elena sigue el resto del camino pensativa, sin decir nada, como si estuviera calculando cuánto tiempo tarda exactamente un perro enfermo en morirse.